Son casi las diez, como cada mañana, y, sin embargo, ya nada volverá a ser como antes.
Los primeros rayos del sol se cuelan en esta habitación extraña mientras sigo sin poder conciliar el sueño. Tumbada en la cama me invade un sentimiento de desamparo que me acompañará el resto del día.
Atrás quedaron las caricias, los besos y la fantasía; hoy solo quedan el desconcierto, la soledad y el abismo.
Parece que disfruto con esta sensación; aunque, al fin y al cabo, todos tratamos de engañarnos.
Después de vestirme bajo las escaleras y abro el portal desconocido, como cada mañana, pese a que sé que ya nada volverá a ser como antes.
Por las calles dormidas pasean unos cuantos turistas extraviados y algún que otro trabajador rezagado que observa cómo me tambaleo, todavía embriagada de la noche anterior, con la falda demasiado corta, las medias repletas de carreras y la huella del pintalabios aún presente.
Una vez más se apodera de mí esta sensación de desamparo, que aumenta a cada paso que doy, con un nudo en el estómago, y que no me deja olvidar el maldito dolor de cabeza y el amargo sabor de la noche anterior.
Cierro los ojos lentamente para sentir cómo se posa el sol sobre mi cara y pienso que quizá estés arriba, recordándome, mi olor todavía preso en las sábanas; quizá estés arriba, tumbado, pensando, al igual que yo, en este absurdo sentimiento de desamparo, que es ya una adicción para ambos. O tal vez no pienses en nada, tal vez no tengas adicciones como yo y simplemente estés arriba, tumbado, durmiendo plácidamente mientras el día despierta a tu alrededor y los primeros rayos del sol se cuelan por la ventana.
Aún me pregunto si el hombre de aquella extraña habitación seguía con vida. Aún me pregunto si abrí aquél portal desconocido, como cada mañana, o si, por el contrario, sigo dentro, esclava de mis adicciones, y era verdad que ya nada volvería a ser como antes.